CONVERSACIÓN · EDICIÓN N.º 1 · 26 MIN DE LECTURA
Necesitamos una reflexión izquierdista sobre la violencia y una mirada emancipatoria del caos
Una conversación entre Nelly Richard y Luis Ignacio García con motivo de su último libro, Fascismo cosplay. Crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino
Por Nelly Richard y Luis Ignacio García · Bellas Letras
Nelly Richard: Me gustaría partir no por los contenidos de lo que el libro dice sino por lo que hace: su mecánica de producción. Fascismo cosplay1 es la sumatoria de posteos de Instagram que se adecuaron a la extensión límite de los 2200 caracteres para circular ampliamente por las redes sociales durante los últimos dos años antes de que editaras el material en su actual formato de publicación. Conjugas así dos operaciones: primero, la de la inserción-incisión en el mundo de las redes sociales de opiniones críticas que se mezclan con los flujos de la actualidad, pero combatiendo la banalidad de su lógica comunicativa y, segundo, la de recoger estas opiniones críticas en un libro que va destinado a un público acostumbrado a una mayor concentración reflexiva. Pasas de la diseminación de la palabra a través de las redes digitales a su condensación en un libro, pero quitándole a este libro la pretenciosidad de querer transmitir conocimientos definitivos o seguros al dejar en claro que tus análisis y juicios, contingentes y precarios, siguen el ritmo de un presente velozmente cambiante e incierto.
Te he leído hace poco, en una entrevista en Página 12, que el tema de la crisis de las humanidades no puede quedar resumido a las quejas por su desfinanciación universitaria ni por su pérdida de relevancia en un mundo tecnocratizado. Dices que “las humanidades deben dejar de llorar”, para buscar la forma de repercutir en el debate público experimentando con recursos móviles de intervención crítica. Esto es lo que logra tu libro de modo ejemplar porque, sin expresar nostalgia por el universo de la cultura letrada y dejando muy en claro que las reglas del juego han cambiado drásticamente, sigues actuando con dispositivos de lectura que heredaste de las teorías críticas, pero aplicándolos ahora al paisaje de descomposición del sentido que nos toca habitar. ¿A través de qué herencias, relevos y traducciones entre la cultura humanista del siglo XX y la sintaxis desintegrada del siglo XXI, puede hoy el pensamiento crítico ayudarle a la izquierda a no quedarse sin un repertorio propio de saberes y operaciones que estén a la altura de las complejidades del presente?
Luis García: Respondería a esto en dos registros diferenciables, uno más táctico, otro más estratégico. En términos tácticos, y en la inmediatez de las decisiones de intervención, creo que debemos recuperar la movilidad, la ironía, la diversificación de soportes, de un estado experimental de la lengua que busque nuevas formas de conexión –y de desconexión– con los circuitos de la palabra pública contemporánea. Ese fue el sentido del juego de afectación recíproca entre posteo y libro, entre scroll y página. El enemigo sabe dónde se ubica la crítica social tradicional, y ya tiene dictada una sentencia anti-elitista, anti-”Catedral”, anti-”superioridad moral” para quienes se queden quietos en las posiciones enunciativas de la crítica del siglo XX. Necesitamos movernos, necesitamos no estar donde el enemigo prevé que estemos, y eso nos cuesta mucho, porque implica una revisión ya no sólo de opiniones sino de posiciones enunciativas y gestos intelectuales a los que volvemos una y otra vez. Necesitamos recuperar la movilidad táctica de una experimentalidad crítica que sepa ocupar espacios que no estamos acostumbrados a ocupar. En este registro, el gesto benjaminiano en su Calle de dirección única resulta absolutamente actual y ejemplar: el objetivo no es abastecer el aparato con opiniones izquierdistas (si el aparato siempre supo absorber esas opiniones, tanto más en tiempos de Twitter) sino asumir una posición izquierdista ante el aparato (algo respecto a lo cual tenemos mucha menos claridad, y que no se limita a meras opiniones, sino siempre a tomas de posición).
Y paso entonces al registro más estratégico, más a largo plazo, donde tu pregunta conecta con las zonas del libro en la que se habla de la “ilustración oscura”, y cuyo eje se podría sintetizar en la pregunta: ¿qué pasa con la herencia emancipatoria ante el desafío de una nueva hegemonía global en la que converge una modernización sin modernidad, un capitalismo sin democracia, junto a una exitosa gobernanza cibernética de lo social? ¿Qué sucede con la cultura alfabético-moderna ante la irrupción de una cultura a-moderna que está liderando el tránsito hacia una gobernanza postalfabética global? ¿Podemos imaginar una cibernética democrática, podemos fabular alianzas alfabético-algorítmicas en la cultura? Creo que el sonado ocaso de la crítica hoy, el tono “poscrítico” que impregna algunos debates, no es un problema teórico-reactivo sino eminentemente técnico-operante. La pregunta no debería ser cómo mantenernos en las trincheras de la crítica, sino de qué manera avanzamos, con las armas de la crítica, en un terreno no previsto por ella: el de la gubernamentalidad algorítmica que ya modula las mentes de nuestrxs hijxs, nuestrxs estudiantes, de las nuevas generaciones militantes. Aquí es donde el libro propone una tensión entre la “ilustración oscura” como claudicación activa y celebratoria ante un horizonte de colapso de toda exigencia emancipatoria en la “Singularidad” tecnocapitalista, y una “ilustración radical” que imagine un salvoconducto hacia un futuro posible para la emancipación. Ese salvoconducto se escribirá en una lengua que no será ni la del pasado letrado de la crítica, ni la del presente posalfabético del algoritmo, sino una aleación inestable entre ambas. Experimentar en ese umbral fue la intención formal del libro.
Nelly Richard: El mundo de la izquierda más tradicional suele entender la crítica como crítica social, como oposición frontal al capitalismo neoliberal mediante un alineamiento en bloque contra la dominación. No se interesa por las ranuras a través de los cuales se puede deconstruir y recombinar significados cuyo efecto sea micropolítico. Este mundo de izquierda desestima el potencial transformador de la crítica teórica, estética y filosófica, porque desviaría la atención del eje capitalismo-anticapitalismo cuya ley sería únicamente económica. ¿Cómo convencer a la izquierda de que la crítica de los discursos y los signos, de las imágenes y las representaciones, sigue siendo necesaria por mucho que la autodeclaremos insuficiente para operar a gran escala? Hablas de “dar la disputa por otra universalidad”, por un “universalismo situado” cuyas maniobras de localización implican una cierta “resistencia a su subsunción en una gran contra-historia de la emancipación”. ¿Cómo insistir en la necesidad de seguir afilando estratagemas de sentido y qué tipos de comunidades de lectura invocar para que la crítica (de izquierda) movilice tomas de la palabra con fuerza y direccionalidad en un mundo lleno de ruidos y vociferaciones? Asumiendo que la izquierda suele considerar estetizante cualquier atención puesta en el lenguaje, ¿cómo plantear hoy la relación entre crítica e izquierda?: entre, por un lado, la búsqueda de nuevos vocabularios y operaciones con el sentido para reanimar la lengua y, por otro, la afirmación de una voluntad emancipadora que abarque lo que la izquierda suele entender por crítica social pero que, al mismo tiempo, amplíe dicha crítica extendiéndola hacia los imaginarios culturales. Tú lo logras ejemplarmente en tu libro, pero me gustaría saber qué tipo de respuestas barajas al respecto con tus estudiantes de filosofía y estética.
Luis García: Creo que la visión dicotómica que en su momento plantearan Luc Boltanski y Ève Chiapello entre “crítica social” y “crítica artista”,2 con el objetivo de diagnosticar la emergencia del capitalismo posfordista, colapsa una vez que ese posfordismo se estableció como nuevo régimen de acumulación: si la dualidad entre esas dos formas de la crítica era válida en tiempos fordistas o de transición, dejó de serlo en ese nuevo orden que aprendió, justamente, de la “crítica artista” y la incorporó a sus formas de reproducción material. No sólo en el modelo toyotista de organización del trabajo, o en las formas de valoración del capitalismo cognitivo, sino tanto más en el modelo de extracción de datos y de economía de la atención de la actualidad, donde sería inadecuado pensar, por ejemplo, las políticas de la percepción y la atención como “micropolíticas” y no como estructurantes de las formas de dominación y valoración contemporáneas.
Por eso creo que mostrar la importancia de la batalla de los signos no implica abrir las trincheras de lo micropolítico frente a lo macropolítico. Creo, más bien, que la pregunta estética o poética traza una transversal entre micro- y macro-política pues se resiste tanto a las grandes narrativas como a la tentación del particularismo multiculturalista. Plantear la idea de un universalismo situado, no implica en absoluto abandonar el frente “macro” de las disputas por el universal, sino al revés, librar una batalla, justamente, por otra universalidad, denunciando el carácter restrictivo y limitado del universalismo liberal. Un “universalismo situado” está en mejores condiciones de operar en la “macropolítica” contemporánea que el universalismo abstracto de la razón moderna, pues aquél se mueve en los cortocircuitos entre micro y macro en los que circula el mundo de hoy, donde una nueva política de las escalas obliga a reconocer las resonancias entre episodios particulares y efectos globales, y viceversa. La vieja oposición metafísica particular/universal se ve desplazada por una ontología de relaciones, circuitos y escalas. Y ello sucede en los dos vectores fundamentales de la crisis contemporánea: la crisis climática y el auge del tecnofascismo. El Antropoceno viene a decirnos que nos movemos en escalas no duales, que atraviesan vectores de actuación y agenciamiento múltiples y estratificados. Y, a la vez, en la lógica sistémica-cibernética de la retroalimentación que rige la gubernamentalidad logística del capital contemporáneo, el universal no precede a los particulares, y ni siquiera se distingue de ellos, sino que es un emergente de regularidades producidas por acoplamientos que siempre son particulares. A mis estudiantes les digo que a lo largo de la modernidad histórica fue la racionalidad estética la que se pensó más allá de las dicotomías, y fue la imaginación la que trabajó siempre en los intersticios entre lo sensible y lo inteligible, entre alma y cuerpo, funciones antropológicas jerarquizadas que se perpetúan desde la distinción metafísica entre forma y materia, pasando por la jerarquía entre hombre y mujer, y que se proyectan en la actual división internacional del trabajo entre el centro que diseña el software y las periferias que ensamblan el hardware. La poética emerge donde la materialidad del signo se toca con la fuerza significante de la materia, o, dicho en términos más contemporáneos: poética es la falla y la interfaz entre las semiologías significantes y las semióticas asignificantes en que se tensa la producción contemporánea de valor y subjetividad.
Nelly Richard: Tú libro aborda provocativamente la tensión entre izquierda, progresismo y antiprogresismo. Señalas que estás de acuerdo con realizar una crítica del “progresismo neoliberal” denunciado por Nancy Fraser, pero que debemos hacerlo “en nuestros propios términos” y no en la lengua de caricatura a la que nos obliga tanto la ultraderecha como una izquierda neomarxista que, por lo demás, se ha mostrado incapaz (a diferencia del feminismo) de forjar nuevos dispositivos de subjetivación política a la altura de los nuevos desafíos. Fascismo cosplay analiza las pasiones primarias que alimentan las distintas formas de violencia social que conjuga obscenamente el tecnofascismo, haciendo ver que estas formas surgen del cruce inédito (no previsto por la izquierda) entre fenómenos como la Inteligencia Artificial, la posverdad, el vaciamiento de la democracia representativa, la uberización del mundo del trabajo, el deterioro de la educación pública y el universo postalfabético de las redes sociales, el individualismo de la psicología del emprendimiento como mérito individual en la jungla del sálvese quien pueda, el imaginario cibernético de los conquistadores planetarios que buscan deshacerse del lastre de lo humano, el negacionismo que saca provecho del déficit de historicidad social, la hiperestimulación del odio y el resentimiento como destrucción de todo lazo social con vocación solidaria, etc.
Milei ha traspasado todos los umbrales de tolerancia democrática con su “anestésica del shock”, haciendo gala de una mezcla extrema de delirio y crueldad que convirtió a Argentina en un laboratorio planetario de perversión social, política y económica. Así y todo, se ha mantenido dos años en el poder con índices de apoyo de sus votantes que no se condecían con la masacre planificada por su gobierno. Recién hoy se ve amenazada su popularidad y aparece la pregunta en el campo de la oposición argentina de cómo capitalizar el descontento, perfilando una alternativa de gobierno que intente darle conducción a un proyecto para no caer en “el hoyo negro del nihilismo político impidiendo toda forma de estabilización del poder”. ¿Cuáles son los eslabones del aprendizaje crítico de los últimos procesos sociales y políticos que, según tú, no pueden ser pasados por alto para diseñar un proyecto de izquierda que vuelva a persuadir y seducir a las golpeadas mayorías sociales?
Luis García: Me gusta la imagen de “eslabones” de un aprendizaje, porque sugiere una idea de la acumulación de experiencias, y de elaboración colectiva, que, ya de por sí, va en contra de las dinámicas aceleradas del vértigo contemporáneo: el shock es anestésico porque es la gran pedagogía del des-aprendizaje, de la no-elaboración ni acumulación de la experiencia. Casi como si hoy la acumulación del capital exigiera la no-acumulación de la experiencia. Entonces, lo primero que requiere un proyecto de izquierdas que vuelva a resultar viable es un balance adecuado e implicado de este tiempo, un esfuerzo por retener y elaborar lo que por definición se escurre. Es en relación a esa tarea primaria que el libro propone, como bien señalas, la tensión entre progresismo y antiprogresismo dentro del campo democrático y popular. La autocrítica es fundamental, y allí es donde considero que la noción de “neoliberalismo progresista” de Nancy Fraser sigue señalando de la manera más directa y simple la complicidad del progresismo con lo peor, a lo largo de las décadas pasadas.3 No sólo por haberse convertido en la pátina cultural del neoliberalismo, sino, peor aún, por haber reducido a demandas meramente culturales a las militancias que proliferaron bajo el neoliberalismo. En cada contexto esto implicará distintas discusiones, pero creo que muestra la doble claudicación del progresismo en tiempos neoliberales: por un lado, por su renuncia a la transformación material, por otro, por su reducción de la resistencia anti-neoliberal a un mero multiculturalismo identitario. Hasta allí, el rol del antiprogresismo es clave. Pero cuando este proceso autocrítico comienza a hacerle lugar a los diagnósticos que la ultraderecha está haciendo de nuestra crisis, confundiendo nada menos que la claudicante realización de nuestros objetivos con nuestras banderas en cuanto tales, todo ello bajo la rúbrica englobante de lo “woke”, entonces estamos dando por perdida la batalla antes de siquiera librarla. Este es el límite de Fraser, y aquí la vieja denuncia de la hipótesis de lo “meramente cultural” por parte de Judith Butler vuelve a ser fundamental en tiempos de cacería anti-woke.4 En este nuevo contexto, de lo que se trata es de mostrar las múltiples maneras en que las teorías y militancias de estas décadas de ningún modo limitaron sus demandas a un reconocimiento identitario, o compensaciones de agravios específicos, sino que fueron señalando aspectos estructurales del régimen neoliberal y extractivista de acumulación: los movimientos de Derechos Humanos en relación a la violencia fundadora del régimen neoliberal en América Latina; los feminismos y la crítica a la división del trabajo y las economías de la deuda; la crítica a la colonialidad y al racismo estructural de la sociedad de clases; los ambientalismos y la denuncia al extractivismo; etc. Entonces, los eslabones del aprendizaje que necesitamos son los eslabones de una autocrítica que debe separar la paja del trigo y proponer una historia anti-identitaria de las luchas y debates de las izquierdas y progresismos de las últimas décadas. No para arriar sus banderas por la tibieza de sus realizaciones pasadas, sino para relanzarlas sin excusas en tiempos críticos.
Nelly Richard: Fascismo cosplay deconstruye la complejidad psicosocial del síntoma-Milei con una perspicacia analítica que obliga a la izquierda a comprender la “novedad” del fenómeno, acusando recibo de “sus quiebres en la gramática de la comprensión”. En una nota tuya en la revista Anfibia (“Los sueños y las guerras”), te refieres a la crisis política en Argentina diciendo: “Si los “ingenieros del caos” gobiernan, debemos preguntarnos qué fuerzas movilizan a las víctimas del caos. Lo nuevo emergerá menos como respuesta a la pregunta por cómo restaurar el orden que de la disputa por las energías liberadas en este desborde. El problema es qué organización de la resistencia puede hacerse cargo de este caos sin sucumbir a él, pero también sin excluirlo de su esquema de pensamiento y acción… Lo que sea que le gane a Milei va a ser algo que desborde a Milei, no que lo contenga, algo post-Milei, no pre-Milei, un futuro más tentador que la seducción de la catástrofe, y no el retorno a un pasado defensivo, que ya no moviliza ningún deseo y ninguna verdad histórica”. ¿Qué tipo de plasticidad de las fuerzas sociales tendría que poner en acción la oposición a las ultraderechas, para reconectar el mundo popular con la esperanza de un proyecto social y político que defienda el bien común cuando estamos en plena “crisis de representación” de una democracia reventada por dentro y por fuera? ¿Cómo superar la ingobernabilidad del caos cuando las fuerzas que cuestionan con mayor vehemencia la gobernabilidad neoliberal lo hacen a través de rebeliones cuyas multitudes no aspiran a gobernar?
Luis García: En principio, lo que quiero sugerir es que las ultraderechas están sacudiendo el Aqueronte social, y que la respuesta tiene que estar a la altura: el ascenso del fascismo no debería encontrarnos juntando firmas, sino intentando conectar con la raíz tumultuosa y descarnada de lo que está en juego. Se están movilizando fuerzas oscuras, resentimientos añosos y justificados, se están desatando tabúes civilizatorios y se están cuestionando las mediaciones políticas, sociales, culturales, en una atenuación de lo simbólico que es pareja con la intensificación de las violencias. Las fuerzas históricas que se propongan desplazar a Milei, y a otros de su calaña en el mundo entero, no podrán ser un movimiento reactivo de contención sino un movimiento afirmativo de las energías desatadas en el presente, que sepan sin embargo orientarlas en otra dirección. El colapso climático y la disrupción técnica vienen haciendo que la definición misma de lo humano esté en juego, y no podemos llegar a esa disputa con una noción normativa de lo humano, sino con una apuesta radical por las aleaciones agenciales que afirmen la vida y que expandan los horizontes de emancipación. Necesitamos orientarnos en un terreno de anomia creciente y de crisis generalizada de las mediaciones. Necesitamos desplegar un arte izquierdista del vértigo, de la ausencia de normas, un izquierdismo de las fuerzas y no sólo de las formas. Es cierto el riesgo nihilista que plantea Martín Gurri, la deriva entrópica de este tiempo, por derecha y por izquierda. Y el vértigo destructivo de la ultraderecha nos ha obligado a ocupar posiciones de defensa de las pocas instituciones que restan como diques de contención respecto a una voracidad de saqueo social y natural sin límites, de despojo desnudo y crudo. Pero ese shock anestésico de la destrucción no debería hacernos olvidar que la tradición de izquierdas aloja el pensamiento político de lo a-nómico a lo largo de la modernidad. Transgresión, subversión, revuelta, sublevación, revolución, eran palabras que señalaban la posibilidad de orientarnos emancipatoriamente en medio de la ausencia de orientación. Ese es el vértigo izquierdista de las prácticas instituyentes que están detrás o más allá de la “intención de gobernar”. No podemos limitarnos a ser los guardianes de lo instituido, frente al poder destructor del neofascismo, si no nos atrevemos a acompañar las potencias de lo instituyente que se mezclan, amenazantes, en el río revuelto del presente.
Nelly Richard: En una presentación que compartí contigo hace casi dos años del libro 2001: el futuro detrás,5 escribiste: “Ya nada garantiza que las crisis sean momentos de reencuentro del pueblo consigo mismo, momentos de verdad y de autoafirmación de las potencias emancipatorias, sino que las crisis también son, y de manera eminente, oportunidades para las clases dominantes para retrazar nuevas alianzas … La última crisis en nuestro país derivó, de hecho, en una solución ultra reaccionaria con componentes neofascistas…El próximo estallido nos tendrá que tener luchando para que la moneda no vuelva a caer del lado peor.” Esta preocupación nos toca de cerca porque, como bien sabes, la revuelta de octubre 2019 que se alzó en contra del régimen de abusos económicos y privaciones sociales del neoliberalismo despertó en muchos una fe incondicional en que las energías destituyentes de la calle acabarían definitivamente con un consenso político-institucional considerado viciado. La historia terminó mal ya que la clausura autoritaria y represiva de todo lo que soñó la revuelta de octubre 2019 dejó instalado, como reverso vengativo, un fanatismo del Orden que llevó a Chile, en las elecciones de diciembre pasado, al triunfo electoral del gobierno de ultraderecha de José Antonio Kast. Para evitar tanto la repetición de la historia como la fuga hacia adelante, parece necesario un ir y venir de la memoria en el intervalo del mientras tanto. ¿Cuál es el tipo de crítica que debería activar esta memoria?
Luis García: Empezaría con un rodeo. Creo, por un lado, que el fascismo del siglo XXI es un fascismo de la posverdad, que desconcierta y desencaja a la crítica que el siglo XX hizo del totalitarismo. En términos político-intelectuales, este trastocamiento desorienta y desconcierta a la intelectualidad de izquierda formada a fin de siglo, porque toda la teoría crítica de la segunda mitad del siglo XX se desplegó bajo el mandato adorniano de hacer todo para que Auschwitz no se repita, y ello se tradujo en los términos teóricos de la crítica de la metafísica, del abandono de las totalizaciones, de la impugnación de la verdad única y de todos los “esencialismos”. Este mandato teórico-político estuvo a la base de todas las filosofías de la diferencia que desde el ‘68 iluminaron el conjunto los gestos críticos casi diría hasta nuestros días. De allí que la defensa de la democracia se modulara, en los influyentes términos de Lefort, como una defensa de la “incertidumbre democrática”, porque democracia equivalía a una política de la incertidumbre, del no-fundamento, de la no-verdad. Hoy la incertidumbre y la ausencia de fundamento dejaron de ser incompatibles con esta fuga neofascista que el capitalismo está ensayando en el contexto de la crisis del neoliberalismo. Por el contrario, parecen haber sido capturadas por la gobernanza neoliberal como combustible esencial de su máquina, y la ausencia de verdad se ha convertido en un requisito de la circulación de la palabra pública en los circuitos del hate, el bait y la cultura memética. Hoy es el fascismo el que logra montajes muy consistentes de autoritarismo y posfundacionalismo, de autocracias y pos-verdad. Hoy la planetarización algorítmica es, esencialmente, sin-totalidad, y el poder se ejerce menos como la estabilización del sentido que como la perpetuación de su inestabilidad en permanente retroalimentación dinámica. Hoy la verdad reaccionaria no es una fuente de sentido que proviene del pasado, sino un flujo estocástico que retorna de un futuro anticipado. Hoy el problema no es la verdad única sino la profecía autocumplida, y el enemigo no es el poder homogeneizador de los “grandes relatos” sino la potencia viral de las “hipersticiones” que amenazan con realizarse a fuerza de hype. El fascismo es hoy menos el partido del orden que el partido de la gestión del caos, el nuevo meta-orden planetario que nos cuesta aún caracterizar.
¿Qué sucede, entonces, con las armas de la crítica en este contexto? Creo que la crítica en cuanto crítica interpretativo-deconstructiva resultó pertinente en el tiempo en que el poder se organizaba en flujos de significantes sociales que buscaban la construcción de hegemonía bajo una conducción soberana. La crítica debe repensarse cuando el poder se organiza en flujos asignificantes de logística planetaria algorítmico-cibernética en un horizonte post-soberano de gobernanza corporativa. La crisis de la crítica interpretativo-deconstructiva, en su batalla contra la verdad y las totalidades, no implica el fin de la crítica, como a veces se vaticina con prisa publicitaria, sino en todo caso la necesidad de dar lugar a un nuevo tipo de crítica. Una que podríamos llamar crítica operante en su batalla contra la escalada “singularista” de retroalimentación hacia una entidad omnisciente en la que se terminen de fusionar capital y algoritmo. Si en un caso el modelo es la interpretación de textos, en el otro lo será el hackeo de códigos. Si en un caso el material era el conjunto de mediaciones simbólico-culturales que construyen hegemonía y cuya aspiración totalizadora se busca interrumpir, en el otro el material lo constituirá la oscilación entre las semiologías significantes de la política y las semióticas asignificantes de la logística cuya aspiración es poner la anomia y el caos al servicio de una capitalización indefinida de la incertidumbre y la inestabilidad. Si ya se ha establecido la discusión sobre las “imágenes operativas” de Farocki, y la pregunta por su necesaria politización, necesitamos ponernos a tono en el ámbito de la palabra. Hoy ya no hay sólo discursos en busca de hegemonía, sino también lo que podríamos llamar lenguajes operativos, signos que no están orientados a significar sino a ejecutar, a modular comportamientos, a activar flujos. Como las imágenes operativas, estas palabras no buscan ser interpretadas, sino funcionar. No organizan sentido: producen efectos. Hoy la crítica tiene que lograr interrumpir los sueños transhumanistas desde las trincheras de un poshumanismo materialista que refute la fantasía especulativa singularista, desde la encarnada idea del Intelecto General: el recuerdo del trabajo colectivo acumulado en la disrupción técnica que contrarreste el saqueo de saberes públicos que los tecnomagnates disfrazan de innovación y futuro. La crítica, entonces, de nuevo con Benjamin: no abastecer el aparato con opiniones progresistas, sino intervenirlo con incisiones izquierdistas. Ahora, tu pregunta apunta al caso específico, y a la vez ejemplar, de la revuelta chilena y su devenir posterior. Entiendo que fue un momento en que se movilizaron todos los dilemas, las incertidumbres y los entusiasmos de la crítica en este tiempo de transformaciones tan profundas. Como espectador externo de procesos que sin embargo tienen tantos paralelos a nivel global, diría que el laboratorio de revuelta/proceso constituyente/rechazo, que desembocó en el triunfo de Kast, deja muchas enseñanzas y preguntas, que resumiría en dos zonas ligadas a otras preguntas de este intercambio: la zona “destituyente” y la zona “constituyente”. En cuanto a la primera, creo que está claro que hoy hay procesos destituyentes que son parte integral de la dominación neofascista, bajo múltiples formas (desde sociales hasta institucionales). Por supuesto, como ya fue dicho, es la violencia destituyente de los “ingenieros del caos”, que ponen a la des-regulación a trabajar en un meta-orden pos-soberano, post-estatal, que debemos saber identificar y combatir. Pero lo cierto es que ese meta-orden caótico capitaliza violencias destituyentes de la “rebelión del público” que, como bien señalara Gurri,6 abarca transversalmente movimientos de izquierda o derecha en una compartida imposibilidad de superar el estallido anómico de la revuelta y construir horizontes propositivos alternativos a la meta-estabilización del caos cibernético-neofascista. Y aquí entramos en la segunda zona, la del proceso constituyente. Así como las energías destituyentes podrían ser parte de procesos emancipatorios o de devenires neofascistas, los procesos constituyentes están expuestos a un doble riesgo: o bien recaer en formalismos de una democracia incapaz de modular aspectos sustantivos de la vida en común, o bien, en el esfuerzo de evitar el riesgo de la democracia formal, recaer en vindicaciones identitarias que desconectan lo sustantivo de lo universal. Las preguntas que arroja el proceso chileno son las preguntas cruciales de la crítica hoy: ¿cómo orientar procesos de descomposición cuya naturaleza no es espontáneamente emancipatoria? ¿Cómo imaginamos instituciones que interrumpan la dicotomía entre universalismo abstracto y particularismo identitario? El neofascismo sabe convertir destitución e identitarismo en combustible de su máquina. Habrá que pensar en dinámicas de destitución-institución, y en formas de “universalismo situado” que nos permitan abrir la crítica a los desafíos de este presente.
Nelly Richard: Fascismo cosplay releva la figura del “aceleracionismo neofascista” de la destrucción como una carrera sin freno para acabar con todo de un modo tan espectacularmente violento que nos deja sin tiempo para registrarlo, sin recurso mental para elaborar una respuesta adecuada. Si de hipervelocidad se trata, este “aceleracionismo” de Milei o Trump –que arrasa provocativamente con todas las reglas de habilitación de lo social– tiene todas las chances de ganarle a la izquierda insurgente. ¿Qué modos de puesta en secuencia puede ensayar la política de izquierda, para no verse compitiendo con las mismas armas (la de la desintegración del tiempo) que sus enemigos más poderosos? ¿Habrá que pensar en alguna temporalidad estratégica que calcule las oportunidades en la encrucijada de los posibles, para no caer en un tiempo paroxístico sin fondo ni tope? Esto, tal como lo señalas, demanda “paciencia”: “Necesitamos dar con un equilibrio inestable entre la velocidad y la detención si no queremos que nos pasen por encima”. ¿Se puede concebir una apuesta razonada sobre el futuro, cuando todo se ha vuelto completamente irrazonable por la desenfrenada caotización de lo político y lo social?
Luis García: Me interesa muy especialmente que aísles la singularidad del problema del tiempo, de la temporalidad de nuestras respuestas, de nuestras iniciativas, incluso de nuestro pensamiento, en el vertiginoso contexto en el que la hiper-aceleración solo parece favorecer los intereses de la ultra-derecha. Hiper, ultra: acumulamos prefijos que intentan nombrar el sobregiro y la exasperación que parecen ser condición para que lo que está pasando no pase, sin embargo, por nuestras tramas individuales o colectivas de elaboración de la experiencia. Como si el fascismo resguardara una conexión con la humanidad en esta suerte de pudor de estar sucediendo, y en su necesidad de que, en lo posible, no hagamos experiencia de él, aun cuando sucumbamos en la violencia de sus efectos. Distender la temporalidad, del modo que sea, es condición para que el despojo pueda, a pesar de su intención última, convertirse en experiencia. La experiencia requiere de una dilatación de la temporalidad. Ahora bien, qué entendemos por tal temporalidad es otro campo de discusión, y creo que el anhelo de futuridad trunca que a veces aparece como síntoma del malestar presente no deja de arrastrar rasgos propios de la lógica modernizadora que el neofascismo precipita y exacerba. Creo que una parte importante de la actual apuesta poshumanista crítica busca repensar lo “nuevo” por fuera de la lógica progresista de la modernización. Como se sugiere en uno de los fragmentos del libro, la tensión actual entre transhumanismo tecnocapitalista y poshumanismo crítico implica dos modos de heredar las vanguardias: o como salto de violencia modernizadora o como interrupción de la temporalidad del capital. Cuando Ailton Krenak lanza su “el futuro es ancestral”,7 deja en claro que la vanguardia no-modernizadora nunca estuvo en contra del pasado, sino en contra del progreso, y anheló menos un “futuro” que una otra temporalidad: ese era su novum. Liberar al tiempo del encierro del ahora, y de la concomitante captura aceleracionista de un futuro como proyección monstruosa del ahora. La apuesta por una novedad pensada fuera del progreso, por fuera de la idea capitalista de “novedad”. De allí que diría: necesitamos dilatar el tiempo, sí, y para ello necesitamos redefinir un novum por fuera de la “novedad” tecnocapitalista.
Nelly Richard: La apuesta crítica de Fascismo cosplay se distancia del festejo de la desintegración total (los discursos apocalípticos del fin) y, también, del nihilismo radical de suponer que, frente a la indiferenciación del valor, ya no valdría la pena intentar nada cualitativo para modular nuevas gramáticas de lo sensible. Tú defiendes el “tomar posición” y distingues el “nihilismo pasivo” (que se hace cómplice –al restarse– de que todo fracase para terminar de reafirmarse en la impotencia) del “nihilismo activo”: un nihilismo que sabe de la desintegración de la verdad, del fundamento, de la razón universal, etc., pero que sigue tratando de resucitar potencias críticas que parecían dormidas a través de lo que llamas bellamente una “nueva ecología de los signos”. Por un lado, llamas a “no caer en el resbaladizo suelo nihilista de nuestro tiempo” y, por otro, apelas a “una exploración a fondo de las relaciones entre izquierda y nihilismo” por la vía de la crítica. ¿Puedes explayarte sobre esto último?
Luis García: El libro lo sostiene abiertamente: todxs somos nihilistas, porque el nihilismo es una condición, no una opinión. Es como la secularización, podemos seguir yendo a misa (o a votar), pero eso no afecta el proceso histórico de desencantamiento del mundo (y de la democracia). Ahora, el punto es cómo asumimos ese proceso, y qué hacemos con lo que la nihilización ha hecho de nosotrxs. La distinción nietzscheana es, por supuesto, delicada y compleja, pero en todo caso apunta a la distinción entre esas fuerzas desatadas que buscan la destrucción de toda forma y aquellas otras fuerzas que anhelan reconectar con las formas para inaugurar una nueva “fuerza plástica” para una comunidad histórica. Esa fuerza plástica es sin dudas anómica, pre-figural, pero por lo mismo también pre-figurativa, una fuerza configuradora, y nunca meramente destructiva. En Nietzsche es la diferencia entre la décadence y el gran estilo, nada menos: entre el romanticismo desintegrador de Wagner y el nuevo clasicismo dionisíaco al que aspiraba él, uno que lograra (como en el modelo griego) sostener la máxima tensión entre las fuerzas y las formas, evitando la disolución narcótica en las fuerzas subterráneas que promovía la seducción wagneriana. En términos políticos podríamos pensar en la tensión entre potencia destituyente y potencia instituyente: en ambas nos manejamos en un afuera anómico respecto a las reglas instituidas de la democracia formal, pero si en un caso no parece haber “ninguna intención de gobernar”, como diría Martin Gurri,8 en el otro insiste la pregunta por un tipo de gobierno que pudiera ser fiel a esa potencia que lo instituye. Todo esto suena demasiado dicotómico, demasiado limpio, y no quisiera cerrar así, porque las opciones hoy son todas impuras. Sólo insistiría en que necesitamos una reflexión izquierdista sobre la violencia, una mirada emancipatoria del caos, necesitamos restituir nuestras propias tradiciones de la sublevación, de la plasticidad insurreccional, que nos ayuden en un tiempo en el que estamos obligados a actuar allí donde la excepcionalidad reinante parece dejarnos entre paralizados, inermes y meros defensores del orden.
Notas
- Luis Ignacio García, Fascismo cosplay. Crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino, Buenos Aires, Caja Negra, 2026. ↩
- Luc Boltanski y Ève Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo, Madrid, Akal, 2002. ↩
- Nancy Fraser, “El final del neoliberalismo progresista”, Sin permiso, núm. 16, 2018, pp. 203-208. Y más ampliamente, Nancy Fraser, ¡Contrahegemonía ya! Por un populismo progresista que enfrente al neoliberalismo, Buenos Aires, Siglo XXI, 2019. ↩
- Judith Butler, “El marxismo y lo meramente cultural”, New Left Review, núm. 2, 2000, pp. 109-121. ↩
- Ana Longoni, Cora Gamarnik, Paula La Roca, Lucía Cañada (eds.), 2001: El futuro detrás. Deseos, fracasos, derivas, saqueos, Buenos Aires, Tren en movimiento, 2024. ↩
- Martin Gurri, La rebelión del público. La crisis de la autoridad en el nuevo milenio, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2023. ↩
- Ailton Krenak, El futuro es ancestral, Madrid, Taurus, 2024. ↩
- Martin Gurri, “Una tesis sobre la crisis de la autoridad en el nuevo milenio”, Nueva sociedad, núm. 308, 2023, pp. 167-179. ↩
Sobre los autores
Nelly Richard
Teórica y ensayista. Directora de la Revista de Crítica Cultural (1990-2008). Autora de numerosos libros —de publicación nacional e internacional— sobre política, crítica y estética. Doctora Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires, de la Universidad Nacional de Córdoba y de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina.
Sobre los autores
Luis Ignacio García
Docente y ensayista. Doctor en filosofía, es profesor regular en la Universidad Nacional de Córdoba e investigador del CONICET. Trabaja en las zonas fronterizas entre estética, teoría política y filosofía contemporánea, en relación a debates del presente. Abordó problemas de historia intelectual argentina y se interesó en las tensiones culturales de la postdictadura. Ha escrito sobre arte y memoria, sobre duelo y pandemia, y más recientemente sobre discursos de odio y ascenso de las ultraderechas. Ha dirigido múltiples proyectos de investigación, y se ha involucrado en distintas iniciativas editoriales y curatoriales. Publicó los libros Fascismo cosplay. Crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino (2026); La hora del diamante. Diario de un duelo (2023); La comunidad en montaje. Imaginación política y postdictadura (2018), entre otros, y ha editado La Babel del odio. Políticas de la lengua en el frente antifascista (2021); La imaginación política: interrogantes contemporáneos sobre arte y política (2017), entre otros.
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Publicado porFundación Carmen Waugh
Ediciónn.º 1 · 01/08/2026
TipoConversación
